La trayectoria de los Beatles

La importancia de los Beatles en la música del siglo XX no tiene comparación. El auge de la música y la cultura populares los hace más grandes que Stravinski, Schönberg, Cage o cualquier otro Por ahora, no vale la pena ni discutir el hecho de que ellos, se puede decir que solos, fueron el instrumento del destino en cuanto a música se refiere, en la segunda mitad del siglo pasado.
Empezaron como un grupo de muchachos de clase media más baja que alta de Liverpool. Su estilo era similar al de otros grupos de la ciudad, ese Mersey beat de raíz americana, muy ligado a los 50, pero los Beatles rápida y fácilmente superaron a los demás con una habilidad sorprendente para el ritmo, la melodía y el "gancho". Incluso cuando hacían mayormente versiones, resultaban convincentes hasta el extremo y naturales como para que pareciera que las canciones eran suyas.
En poco tiempo, se convirtieron en un fenómeno de masas en el Reino Unido.
Podían ser perfectamente un nuevo producto discográfico, como lo habían sido
Elvis Presley, Eddie Cochran, Little Richard, Buddy Holly, Jerry Lee Lewis y otros
americanos ilustres de la década anterior, ya fuera del centro de atención.
Ello no obstante, su forma de componer empezó a variar ligeramente, seguro que
imperceptiblemente al principio: al año se notó que la fórmula del éxito les
quedaba pequeña. Discos que hoy parecen bastante convencionales, como el Hard
Day's Night (1964), están llenos de elementos novedosos para su época,
refrescantes, de una cualidad orgánica, perenne.A partir de entonces, subieron una marcha y en 1965 produjeron el disco Rubber Soul, que viene aún con más innovaciones y más profundas. Su creatividad empieza a llegar a los topes, los tiempos son propicios para que puedan ir "más allá" sin miedo a perder público, reciben influencias de muy buen nivel (Bob Dylan, Byrds, música india), y esa buena disposición de todos los agentes hace que se atrevan con todo, que unan todo lo nuevo que están aprendiendo con su propio talento, y están en un momento tan dulce, tan maduro, que les sale todo bien. Melodías fluidas y frescas, vivacidad juvenil y estimulante, arreglos e instrumentos extraños pero bien integrados, letras cada vez más eclécticas e interesantes... esta racha se alargó hasta el siguiente álbum, Revolver (1966) que para mi es la cumbre de ese nuevo estilo que habían iniciado, quizá sin darse cuenta ellos mismos.
En ese disco, todo vale. Los diferentes estilos compositores de Lennon, McCartney y Harrison se juntan sin perder nada de homogeneidad ni de carácter propio. Todos los experimentos que les pasan por la cabeza, los aplican, siempre bien aconsejados por el manager Brian Epstein y por el productor George Martin, un clasicista que supo respetar las novedades que sus jóvenes pupilos representaban. A su ya famosa capacidad para crear melodías sabrosas, unen una imaginación mayor que nunca, que lleva sus composiciones a una nueva dimensión, a la categoría de "música seria", como opuesto no a la música ligera, sino a la música tonta, sin ninguna sutileza, que no da motivos para escucharla dos veces.
Lo que representó ese disco en 1966 es difícil de expresar. Lo que significaba que un grupo que sólo dos o tres años antes hacía música más o menos cincuentera, en un período de tiempo tan corto consiguiera una obra de complejidad tan aparentemente simple, sólo lo han podido explicar las décadas siguientes. 1966 era un año de optimismo, de dinamismo, un ambiente en el que un grupo como los Beatles medraba extraordinariamente. Este disco, con todo lo que hay detrás de él, toda la trayectoria que llega hacia él, es un hito, una celebración de su tiempo, una hazaña, el producto definitivo de los 60 y de todo lo que los 60 simbolizan, de todo lo que pudieron ser y no fueron, como los 70, 80 y 90 nos recuerdan, tristemente.
Abbey Road fue el verdadero canto de cisne, bello, pero sospecho que el amor desmedido que la gente siente por él tiene más a ver con el hecho de ser el último que con otra cosa. Nuevamente ostenta varias canciones magníficas, pero el espíritu ya no es el mismo. Resulta más pesado, más espeso, más setentero de lo que habían hecho antes, y mucho del material no está a la altura de lo que es el grupo.
Sin ningún sentido de cohesión ya, ni personal ni musical, optaron por lo más sensato, que fue separarse y así no manchar el nombre del grupo, que sigue prácticamente inmaculado.
Su influencia es incalculable, pero son y serán algo irrepetible, porque todos los elementos convergieron para impulsarlos a lo más alto, para crear una obra que, sin duda, tiene su parte de atemporal, pero que no se puede replicar ni imitar, porque ocurrió cuando tenía que ocurrir, sin más. Los 60 fueron una promesa, cuyo cumplimiento las décadas siguientes esperaron, con fe menguante y amargura creciente, y algunos intentos de escapismo hortera, pero ya desde Woodstock todo el mundo sabía que sólo esperaba el vacío, la angustia.
Los Beatles quedan, pues, como el testimonio y la esencia de una promesa de felicidad incorrupta. Cualquier artista apreciable querría llegar a ser eso.

No hay comentarios:
Publicar un comentario